Aquel buzón encantado en el medio de la calle, un buzón mágico que abre todas las expectativas posibles, y que juega con nuestros sentidos de una manera inimaginable, pero también hace daño, solo a veces.

          Reclama sinceridad y sosiego, pero produce agonía e inquietud. Proporciona esperanza pero te roba la energía, y te envuelve en una densa y espesa masa, de la que no es posible escapar.

          Ese buzón abierto las veinticuatro horas, disponible para todos, pero solo avistado por algunos. Te quita las ganas de todo y te regala la mejor sensación que pueda experimentarse. Pero no todo son llantos si se consigue pasar de largo, siendo fuerte y fugaz se puede evitar. Solo así claro.

          Que difícil es todo cuando falta esa penúltima causa, aquella que tiene forma de ocho tumbado, forma de inmortalidad, de eterno retorno.  El impulso o empujón que nos mueve y conduce por cada sitio al que vamos. Debería estar prohibido el hecho de engañarnos a nosotros mismos creyendo que el buzón nos responderá. Seamos realistas por favor. Solo así se sobrevive.

          La ignorancia nos domina.

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